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Dispareunia y vaginismo |
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Existen dos consultas frecuentes y típicas relacionadas con la dificultad persistente que suelen padecer muchas mujeres ante el intento de penetración o durante el acto sexual. La primera se denomina vaginismo y la segunda dispareunia.
Los dos cuadros tienen un denominador común físico y psicológico: la presencia de dolor en la relación sexual. Sin embargo ambas expresiones clínicas difieren en su manifestación, porque mientras el vaginismo se expresa a través de la contractura (espasmo) involuntaria e inconsciente de la musculatura perineal y por ende de la vagina. La dispareunia se expresa a través de la molestia o dolor ante o después de la penetración. En este artículo voy a tomar ambos trastornos en forma conjunta, señalando sus similitudes y diferencias. No hay que entender que la contracción muscular es la causa del vaginismo y de la dispareunia, sino su consecuencia, porque el factor básico es emocional y está centrado en una de las más poderosas expresiones humanas: el miedo. Esta distinción no es menor porque parece claro que no es lo mismo tratar el dolor (a través de cualquier técnica que utilicemos) que el miedo(a través de una terapia centrada en las emociones). Se ha subestimado la prevalencia del vaginismo y la dispareunia, tanto es así que en algunos sitios supuestamente especializados en trastornos sexuales se ofrece una cifra menos al 6%, cuando hoy día se cree que afecta entre el 15% y 25% de las mujeres menores de 30 años. Para entender esta cifra es relevante destacar que la consulta por dispareunia ha aumentado considerablemente, no solo en Chile sino en distintos países en los últimos 10 años; una explicación posible es que las mujeres ya no consideran que solo deban admitir el sexo, sino también y principalmente disfrutarlo. Los pocos estudios representativos sobre los antecedentes de las pacientes con vaginismo revelan que un número representativo de ellas fue objeto de algún tipo de abuso sexual durante su infancia, que recibieron una educación religiosa estricta, o que se les transmitió una visión de las relaciones sexuales obscura, separada del amor, pecaminosa. Sin embargo no todas las mujeres abusadas o contaminadas por una educación represiva y sancionadora presentan este tipo de cuadros, porque lo que se combina aquí es la experiencia negativa con un tipo de personalidad de rasgos infantiles y dependientes. Las dispareunias, en cambio, no ofrecen datos significativos, tanto en cuanto a las experiencias previas, como a un tipo específico de personalidad, excepto una gran intolerancia al dolor físico. El vaginismo es generalmente primario, es decir que se ha presentado desde el inicio de los intentos por mantener relaciones sexuales y ha impedido la penetración. En cambio son muchos los casos de mujeres que han mantenido relaciones sexuales completas y placenteras, y que posteriormente desarrollan un cuadro de dolor. Se ha visto en este tipo de pacientes algún tipo de suceso (infección local como la candidiasis) que desencadenó una respuesta de dolor que luego persistió, a pesar de haberse sanado en términos biológicos. Las mujeres que presentan vaginismo o dispareunia no solo temen al dolor resultante de la penetración, sino al dolor en general. Se horrorizan frente a la toma de una muestra de sangre, se conmocionan si deben asistir al dentista. Sufren por anticipado y efectivamente muestran un umbral muy bajo de tolerancia al dolor. Muchas jamás han consultado a un(a) ginecólogo(a), o lo han hecho en una sola ocasión. Aún cuando este examen se hace imprescindible para determinar o descartar los factores orgánicos del trastorno, hay que ser sumamente cuidadosos para minimizar el factor traumático de este primer contacto con el médico. La paciente requiere que el ámbito y el/la profesional sean confiables, serenos y tranquilizadores. De otro modo se corre el riesgo de aumentar el temor en lugar de reducirlo. Es absolutamente relevante determinar como el dolor interfiere con el placer y particularmente con el deseo. Se requiere diferenciar que tipo de dolor siente la paciente: localización del dolor, intensidad del mismo y cualidad del dolor, porque no es lo mismo una sensación de ardor, otra quemante, a aquella que se define como una molestia. Como se provoca el dolor y cuando desaparece. Cuánto se prolonga después de la relación. Las mujeres que aceptan la relación sexual aún sufriendo de dolor en grados variados lo hacen por diferentes razones: la más frecuente es cuando responden a la presión de una pareja que parece incapaz de sintonizarse con el padecimiento. Los varones suelen creer que esta es una “maña” asimilable al dolor de cabeza y como tal controlable, o descalificándolo como invento para evitar las relaciones sexuales. Otras intentan complacer a su pareja para evitar riesgos como la infidelidad. Y están también las que creen que el dolor puede desaparecer mágicamente. De todos modos la razón por la cual las pacientes o las parejas acuden a terapia es para eliminar las barreras y mantener una relación sexual “normal”; esta palabra acarrea consigo un verdadero mapa del mundo sexual, porque contiene todas las ideas, actitudes y expectativas que las personas han desarrollado sobre el vínculo sexual. En relación con este punto debo aclarar que los criterios clínicos que se han utilizado se limitan a considerar la penetración o la ausencia de dolor como señal de éxito terapéutico; en mi opinión este es solo el comienzo, porque una relación sexual debe ser acompañada de placer y ese debe ser el objetivo final. He trabajado con más de 50 mujeres con trastornos dolorosos, desde adolescentes hasta personas de más de 40 años. Pero hay casos que son paradigmáticos. Como el de una paciente de más de 40 años con 18 años de matrimonio no consumado por su vaginismo. Jamás había realizado una consulta ginecológica ni psicológica y si ahora se atrevía era porque su marido la estaba “abandonando”, ella asumía la culpa por no haberle permitido consumar su matrimonio en estos años. Sin embargo dejaba de lado o no percibía la responsabilidad que él también puede haber tenido. Frente a la posibilidad de ruptura ella decide asistir a un sexólogo. Porque, según sus palabras, nunca desistió verdaderamente de su anhelo de convertirse en una mujer normal con una pareja normal. Sus últimos intentos de penetración datan de años atrás. Cuando relataba el modo en que ambos se vinculaban aparecen una serie de prácticas mecánicas, durante el pololeo se acariciaban con ropas, nunca desnudos. Se excitaba y notaba que él también por sus erecciones. Después del casamiento sus intentos por penetrar fueron infructuosos. Jamás practicaron alternativas tales como el sexo oral y tampoco hubo caricias en sus genitales por parte de él. Eran unos pocos besos, estímulos en el cuerpo y luego intentaba ponerse encima de ella y penetrarla, hecho que nunca se logró, porque ella se resistía activa e involuntariamente a ello. Con el paso del tiempo se establecieron una serie de rutinas, en la cual ella se animó a realizar sexo oral y también estimularlo manualmente para que eyaculara, pero en cada ocasión el intentaba la misma acción. Hasta que fue progresivamente perdiendo la calidad de su erección. El pacto de silencio y enmascaramiento de ambos en torno al problema los alejó de la posibilidad de buscar ayuda profesional. De hecho en la circunstancia actual el marido no quiso asistir a la consulta a pesar de que ella se lo pidió, para poder tener una última oportunidad. Trabajamos con esta paciente durante un período cercano a un año, y aún cuando sus mejoras fueron evidentes, la distancia afectiva y sensual entre ambos hizo imposible que se produjera la tan anhelada (por lo menos en el discurso) penetración. Se separaron y un año después me llamó para pedirme una entrevista, en ella relató con emoción y alegría como había podido vincularse con otro hombre mucho más tranquilo, lleno de consideración y cariño, con el cual estaba comenzando lentamente a ser penetrada. Esta historia muestra con claridad que si hacen falta dos para bailar un tango, también hacen falta dos para sostener una situación de este tipo a lo largo del tiempo. Si bien es cierto que el foco de la terapia tradicional del dolor se fija en la consultante, no es menos cierto que sin un compromiso de la pareja para acompañar los cambios estos serán más lentos y difíciles. |
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