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Los tortuosos senderos de la mente. |
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Oscuras mazmorras, cadenas y látigos adornando las paredes, cuerpos pasivos esperando con expectación y ansiedad el insulto o el golpe. Toda esta descripción parece referirse a una escena medieval, pero sin embargo no es más que un posible escenario donde se desenvuelven las acciones de un ritual sadomasoquista, que practican los adeptos de estas particulares y complejas variaciones sexuales.
Las conductas sexuales se ubican en una amplia gama que abarca desde las acciones más corrientes o comunes hasta las más sorprendentes, por lo originales y creativas, o por obscuras e inconfesables. Para la mayor parte de las personas sus experiencias sexuales se encuadran dentro de los límites que la sociedad y la cultura en que vivimos determinan como normales, y aún cuando se puedan transgredir alguno de estos parámetros, generalmente ello se convierte en una excepción, o queda reservado al territorio de las fantasías o de los secretos deseos insatisfechos. Sin embargo junto a estas mayorías coexisten en el seno de la sociedad otras personas cuyos deseos o elecciones sexuales adoptan formas opuestas a las comunes. Hacia fines del siglo XIX la psiquiatría englobó estas conductas con el nombre de “aberraciones sexuales”, que sin embargo no surgen en la sociedad moderna, porque si leemos atentamente el Antiguo Testamento, ya constan en él condenas explícitas a ciertas conductas sexuales abiertamente desviadas de la orientación heterosexual y reproductiva. Pasada la barrera del siglo XX, el psicoanálisis las denominó perversiones, y en la nomenclatura actual se las conoce como parafilias, término que derivó de “para”, al lado de, o también alterado, y de “philia” atracción o amor. Los seres afectados por estas extrañas modificaciones de su objeto de su objeto de deseo sexual o de las acciones necesarias para sentir placer no son zombies que vagan por el mundo con estigmas físicos visibles o reconocibles, por el contrario son seres que en su vida cotidiana, laboral, social e inclusive familiar, aparecen como adaptados y funcionales, a veces demasiado “normales”, como si esa rigidez fuese la máscara exterior más adecuada para hacerlos invisibles al escrutiño de los otros. Son capaces asimismo de mantener relaciones sexuales relativamente normales, pero ellas carecen de la emoción y la intensidad que les aportan las relaciones parafílicas. Dentro de las parafilias más conocidas se ubican el fetichismo, el exhibicionismo, el voyeurismo, el sadismo, el masoquismo y la pedofilia. Cada una de estas particulares manifestaciones tienen en común la búsqueda insistente y a veces casi única del objeto, la situación o la persona que conduzcan al placer y al orgasmo. De cada diez parafílicos, ocho son varones, para ellos el origen de sus preferencias sexuales es misterioso y obscuro; los investigadores coinciden en señalar que los factores desencadenantes se ubican en la infancia, dentro del período comprendido entre los 5 a 8 años y que se ve reforzado en la pubertad y la adolescencia a través de las fantasías que acompañan la masturbación. Frecuentemente es posible detectar que en el origen de la patología ha habido un hecho traumático que modificó o alteró el normal curso de la evolución sexual, haciendo que el deseo y la excitación sexual queden unidos a un tipo de estímulo muy específico y muy poco común, que se hace difícil revelar o compartir, y que por ello se mantiene y conserva como el secreto. Dentro del espectro de conductas parafílicas, podemos separar entre aquellas que se ejecutan dentro de un marco de acuerdo de adultos que consciente y responsablemente asumen una escena sexual, de las otras donde se impone el deseo por la coerción o la violencia. Para que se entienda mejor esta diferencia, una cosa son dos adultos que representan una escena que implique sometimiento, dominación e incluso dolor, y otra muy distinta el “show” del exhibicionista que muestra sus genitales a una mujer. O el sádico violador que disfruta del terror y sufrimiento de su víctima. La capacidad de daño social de estos últimos es infinitamente superior a la de un voyeurista, que oculto en las sombras se asoma a la intimidad de los otros. Los que componen el primer grupo necesitan de la colaboración del otro, por lo que frecuentemente llevan a cabo una escena complementaria a los deseos de ambos, por más desviados que puedan parecer de la finalidad erótica normal. La dificultad para encontrar este acuerdo se revela en la proliferación de las “dominas” profesionales, mujeres que ejercen este particular comercio sexual, especializándose en suministrar a sus clientes toda la parafernalia necesaria para satisfacer sus deseos. En los últimos tiempos se ha puesto de moda en Europa y los E.U.A cierto tipo de pseudosadomasoquismo comercial sobreexplotado por la televisión para adultos, que toma todas las formas, las vestimentas y los escenarios de los rituales S.M, especialmente el uso de ropas de cuero negro, las ataduras y los látigos de seda, para inventar una especie de juego con límites dentro de la pareja. El cine también se ha obsesionado con las parafilias, y desde el film Bajos Instintos en adelante ha mostrado como estas conductas límites pueden ser atractivas al gran público. En nuestro medio, el episodio archiconocido de la “casita de cristal”, reveló como el voyeurismo puede pasar de un acto individual a un hecho social colectivo. Es que todos, en definitiva, tenemos algo de voyeur, algo de exhibicionista, un poco de fetichistas; la diferencia reside en que se expresa en pequeñas dosis que no perturban nuestra existencia cotidiana, para los parafílicos, en cambio, sus disposiciones sexuales los inclinan hacia la repetición obsesiva de la escena, que se presenta como fija y reiterada, y que independientemente de la curiosidad o el rechazo que provoca se revela como profundamente aburrida. |
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