logo.png, 0 kB

Sexualidad Humana - Roberto Rosenzvaig

sexualidad humana

Psicólogo - Sexólogo

Inicio arrow Articulos y Columnas arrow Las Parejas en Conflicto. Estrategias de Supervivencia
Las Parejas en Conflicto. Estrategias de Supervivencia Imprimir E-Mail

Hace ya más de 30 años que me dedico a comprender e intentar ayudar a parejas en conflicto o crisis. A partir de esta experiencia creo que ese proceso se produce por la incapacidad parcial o absoluta de resolver una gama de problemas presentes en la vida de las parejas. El obstáculo principal en cualquier interacción entre personas, incluyendo la propia pareja es la incapacidad de resolver los conflictos.

      

 Las parejas, como un organismo viviente, poseen un sistema de defensas que opera ante las inevitables complicaciones y conflictos que se generan en la vida cotidiana. Estas defensas son similares al sistema inmunitario que es capaz de advertir un agente patógeno (como una bacteria) y de inmediato movilizar sus recursos para aislar y destruir al agresor.

 Las personas también son capaces de detectar un peligro, comprenderlo y afrontarlo, sin embargo y del mismo modo que nuestro sistema inmune no siempre se logra coronar exitosamente esta confrontación, en ocasiones las defensas se derrumban y el organismo requiere para subsistir de una adecuada ayuda externa. Lo que está claro es que hay una sola cosa que nuestro sistema inmunitario no puede hacer, si desea sobrevivir, que es ignorar el peligro. 

El primer problema esencial surge entonces de la ignorancia o de la evitación sobre un conjunto de hechos que tienen la capacidad actual o potencial de poner en riesgo a la pareja.  

Frases dichas en el curso de las terapias de pareja son reveladoras de esta actitud de evitación o negación:

-Yo creía que todo estaba bien, -Jamás pensé que eso la heriría tanto. -Al fin y al cabo me parece que es demasiado sensible.  -No fue mi intención.  

Palabras dichas como al descuido o con descuido  O como dice Joaquín Sabina en la letra de una de sus canciones.

 Ruido qué me has hecho,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido a qué has venido. Ruido como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido. Y al final  Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final
la soledad.

Creo que al final lo que se produce, es un debilitamiento de la capacidad de defensa de la pareja como organismo, porque los avisos siempre existen, en forma de advertencias, de reclamos, de rabias mal contenidas. El problema reside en evitar sistemáticamente las señales de los conflictos. 

Dejo aqui la caracterización de algunos que se especializan en negar o evitar los problemas:

Los minimizadores.  

Las personas que actúan de este modo temen el conflicto, porque creen que augura un futuro incierto, creen que desgasta la pareja y que lo mejor que se puede hacer es tomar distancia y no confrontar. De allí que ignoran las señales hasta que la presencia del problema se hace evidente, entonces desarrollan estrategias de minimización.  

“Bueno, bueno…no es para tanto” “ya lo solucionaremos”   

Parece que siempre están desplazando el problema hacia el futuro, como si mágicamente se fuese diluyendo. Son expertos en encubrir y esquivar.  Los invisibilizadores Un paso más allá se ubica otro grupo cuya estrategia es similar, pero más compleja porque generan un convenio implícito, por el cual se elimina el conflicto declarándolo invisible.

Uno piensa que estas parejas están condenadas a la separación, pero no, increíblemente siguen juntos afirmando que su relación es más fuerte que los problemas. La familia, las relaciones sociales, los valores morales y religiosos son su soporte, aunque físicamente se comporten como extraños. Aunque comparten lecho, difícilmente se tocan y si el espacio de la vivienda lo permite pueden separar dormitorios.

Estas parejas son sólidas y frágiles simultáneamente, porque su apuesta es que nunca un problema desborde sus barreras defensivas, pero si esto ocurre no tienen herramientas porque nunca aprendieron a confrontar emocionalmente en un escenario íntimo. Como cualquiera podría suponer son buenos padres, pero no son concientes de las marcas que su distancia afectiva produce en los hijos, ellos crecen en un modelo de cariño sin emoción amorosa, de preocupación sin involucramiento. Pienso que los conflictos, cuando son entendidos y encarados, se transforman en una oportunidad, no son disfuncionales sino todo lo contrario, porque permiten revisar las bases y el estado actual de la pareja para renovar el vínculo.

 Los conflictos, cuando no son invisibilizados, reflejan la crisis de estructuras que ya no son adecuadas para el funcionamiento de la pareja y anuncian la necesidad del cambio. Uno puede ser sordo y ciego o elegir serlo. 

Hay quienes nacen ciegos y quienes se enceguecen para no ver ni comprender.En definitiva es un tema de conciencia. La invisibilización es un recurso que algunas personas o parejas asumen ante un hecho o situación que les genera algún tipo de tensión extrema y que no puede resolver con sus recursos actuales. Por cierto que no es la única manera de actuar. 

Los que no se complican 

Representan otro estilo menos negador, pero que comprende también una forma especial de evitación que se presenta entre quienes suelen disminuir la dimensión de los conflictos a través de su trivilialización, se diría que los toman con humor como parte inevitable de la vida cotidiana.

Ante esta actitud uno diría que encontraron la forma perfecta para no enrollarse con problemas evitables, pero ellos hacen un esfuerzo especial para no focalizarse en temas potencialmente conflictivos, solo hablan de temas contingentes y sancionan a quienes “toman sopa de cabeza” expresión idiomática que escuche en boca de un paciente y que se traduce por “no me hago problemas inútilmente”.

Su riesgo sucede cuando un problema supera la barrera de la trivialización o la risa y los deja sin recursos, porque comienzan a ver en el otro la razón del conflicto, lo que los lleva a discusiones interminables.  

Los analítico-profundos 

Los hay también quienes tienen una especial devoción por debatir en profundidad los problemas, aquí también sucede que a primera vista sus intenciones son admirables, pero el error se presenta porque suelen transformarse en interpretadores crónicos del sentido subyacente de los actos.

Se diría que su afición a las profundidades psicológicas e interaccionales los lleva a ver conflictos donde no los hay, y por eso parece estudiantes de psicología en práctica. Este grupo ha pasado por una o varias terapias psicológicas y dominan un lenguaje interpretativo, lo cual no significa de modo alguno que sean todo lo expertos que se sienten, más bien creo que han mecanizado un recurso que es válido en un contexto de terapia, pero no en una discusión marital.

Lo bueno en ellos es que se los ve comprometidos en trabajar las diferencias, en escuchar y comunicar, pero deben aprender que eso requiere la capacidad de diferenciar entre lo relevante y lo intrascendente.  

Su riesgo reside en la pérdida del sentido común y el sobredimensionamiento de cada circunstancia. No saben “dejar pasar” un hecho. 

Los peleadores 

Como en un cuadrilátero de boxeo y con los guantes puestos, estas parejas toman los problemas como una lucha de fuerzas, en la cual se impondrá quien domine al otro. Suelen buscar jueces y árbitros, pero siempre con la secreta esperanza de que estos les otorguen la razón que su pareja discute.

A través de tanta confrontación se vuelven hipersensibles a cualquier intervención que decodifican como provocación, por eso es que pierden de vista el sentido último de lo que están discutiendo.    

Los desmemoriados 

Tienen una memoria selectiva enfocada a no recordar jamás en que ocasión o en que contexto fueron hostiles o agresivos. La pregunta clave que formulan es: ¿Y cuando yo dije eso?Estás inventando. Ni tú te lo crees¿Cómo podría haber dicho algo semejante? 

La pérdida de memoria súbita y la seguridad con que sostienen su inocencia, llevan al otro a dudar de su propio recuerdo o a denunciar el olvido como un hecho intencional.¿O usted nunca escuchó o dijo? –La próxima vez voy a grabar todo. 

Los negociadores

Si hay un diferencial básico en las parejas actuales comparadas con las de otros  tiempos, esta situado en el hecho de compartir y de negociar. Hay temas en los cuales esta estrategia funciona de maravillas, mientras que en otras no se hace tan sencillo.Si se toman las tareas hogareñas los acuerdos parecen relativamente sencillos, aún cuando los varones ofrezcan ciertas resistencias para asumir con alegría las tareas de aseo.

Esto no sucede necesariamente por mala voluntad, sino por falta de entrenamiento.  -Limpias, pero mal. -Deja mejor los platos, porque sino los tengo que volver a lavar. “No solo quiero que lo hagas, sino que disfrutes haciéndolo”  

No hay que creer que las mujeres están exceptuadas de los conflictos relacionados con la limpieza y el orden. Los conflictos pueden llevar a una crisis y esta puede ser entendida como un punto crítico, más o menos prolongado en el tiempo como un período de peligro o suspenso.  

La palabra crisis, en este contexto, denota un conjunto de eventos y circunstancias que se expresan a través de la desestabilización del sistema previo, por la carencia de respuestas oportunas y eficaces para los problemas actuales.   Es un proceso en el que se ponen en juego todas las herramientas que el  sujeto y la pareja disponen para enfrentar un problema, sin embargo la conciencia de que estas herramientas ya no son eficaces no es automática, por lo que se produce un escenario caracterizado por la ambigüedad y la confusión, que debe ser entendido y aceptado, para dar paso posteriormente a una reorganización y la adopción de nuevas estrategias.  Su origen es del griego krisis, que significa decisión y deriva de Krino "yo decido, separo, juzgo".

En términos de pareja es un período en el que los conflictos y dificultades se  hacen explícitos: esto puede ocurrir después de años de ignorar las dificultades por uno o ambos  o puede ser un momento crítico de cambio en el que se modifican abruptamente las reglas de la relación, se definen nuevos roles y se impone un nuevo modelo de relación.  Por ello que la crisis es un signo de peligro, pero también una oportunidad, porque se produce una conmoción en lo que toda pareja busca en forma conciente, que es la estabilidad.

Lo que sabemos desde la biología nos indica que los sistemas vivos tienden más al cambio que a la estabilidad, porque este objetivo se hace casi imposible en un medio exterior que se modifica aceleradamente. A pesar de ello los seres humanos vemos en la estabilidad la garantía de éxito y progreso; se busca la estabilidad personal, de la pareja, de la familia, de la sociedad. Frente al cambio, especialmente cuando este se hace imprescindible, surge el temor hacia a lo inesperado, lo inseguro. Y eso lleva a adherirse a recursos que ya son insuficientes.  

La crisis pone en tela de juicio los recursos, los métodos, las acciones. Para algunas personas o parejas esta situación de inestabilidad es francamente insoportable y hasta abrumadora por lo que pueden elegir la ruptura de la relación como modo de evitar la prolongación de la agonía. La crisis también puede ser buscada para develar lo que se mantuvo inconscientemente reprimido durante años, es decir que alguno de los dos agudiza los conflictos, con un sentido y una finalidad, que es terminar con una situación ambigua. Otros lucharán hasta encontrar un nuevo equilibrio, aunque sea transitorio.

 Escenarios de conflicto

Robert Sterberg, el conocido psicólogo, sugirió algunos problemas en las relaciones amorosas, que los terapeutas de pareja reconocemos como temas centrales de las parejas en crisis. De su texto tomo en este caso algunos subtítulos, pero el desarrollo de las ideas es personal.   

Nos peleamos mucho. 

Si bien las confrontaciones en una pareja son parte de la convivencia, el problema surge ante la reiteración de las mismas. Cuanto menos relevantes son los motivos del conflicto, más serios son en términos de crisis, porque si no se pueden solucionar los detalles mínimos, que pensar acerca de los verdaderamente relevantes.

Cuando “las tonterías” desencadenan enfrentamientos que nunca se resuelven se produce un notable deterioro de la calidad de vida.La incapacidad de tomar acuerdos o negociar es el eje central de las peleas, ninguno de los dos quiere ceder espacios o perder privilegios, con lo cual es obvio que la fantasía de ganar esconde la realidad de que ambos se convierten en perdedores. 

Mi pareja no me comprende o yo no comprendo a mi pareja.  

La comprensión incluye dos elementos centrales; la empatía y la capacidad de escucha, cuando ambos se ausentan crece la sensación de convivir con un extraño, alguien que está siempre en otro planeta cuando se le habla de hechos que se desean compartir. Comprender quiere decir entender, pero aquí no se trata de un problema intelectual, y menos auditivo, sino de distancia emocional. Cuando alguien declara no entender al otro, esto significa ni más ni menos que dejó de entenderlo, porque no cabe duda que alguna vez pudo hacerlo, entonces los mundos perceptuales ahora no están conectados y el lenguaje de cada uno representa visiones del mundo diferentes.

Cada cual se vuelve autoreferente y entiende los hechos desde su propia perspectiva. Se centra en sí mismo y toma cada vez más distancia de lo que podría representar para su pareja. La perspectiva es como  un retrato complejo que incluye no solo los detalles de una situación, sino también los sentidos unidos a ella. Nuestras perspectivas están modeladas por nuestras creencias y experiencias. A medida que el conflicto aumenta la perspectiva se torna más estrecha.   

Mi pareja y yo no tenemos una buena comunicación. 

Este punto está en relación directa con el anterior, y es uno de los elementos centrales que las parejas mencionan cuando se refieren a los factores que producen la separación. La comunicación (conversaciones) es el eje que permite compartir las experiencias vitales, favorables y desfavorables, y uno de los pilares de la intimidad. Cuando se pierde o se deteriora es sinónimo de lejanía. Las parejas que no son felices en su matrimonio son rígidas e inflexibles en su patrón de comunicación; expresan negativismo, es decir comienzan casi todas sus frases con una descalificación o censura de lo que dice el otro. La palabra no acaricia sino que hostiliza. 

Mi pareja y yo no nos deseamos. O yo no deseo a mi pareja.  

El deseo sexual es un barómetro eficiente para diagnosticar la distancia entre ambos. Está siempre presente como un testimonio de la falta de interés creciente. O del rechazo que ya no se puede disimular. Le puede suceder a cualquiera de los dos, y es un mensaje claro de un conflicto creciente. 

No encuentro satisfacción sexual con mi pareja.  Me siento atraída/o hacia otras personas. O mi pareja parece sentirse atraído hacia otras personas.  

El problema con este tópico no reside en que sea de por sí negativa la atracción transitoria hacia otras personas, en realidad es un hecho sumamente corriente, como lo son las fantasías eróticas; el conflicto se produce cuando esta atracción es notablemente mayor o reemplaza a la que se siente por la propia pareja. Si al principio de una relación la mirada valoriza los atractivos físicos o de conducta del compañero, en esta instancia todo parece limitado, carente de energía o de pasión.  

Tenemos cada vez menos cosas en común.  

Esto sucede porque las personas cambian en sus gustos, ideas y proyectos. En ese proceso no hay un acompañamiento mutuo; estas parejas separan sus mundos de interés y acción y no logran hacerlos coincidir en punto alguno. Sólo se sienten vinculados a través de los hijos y los problemas económicos. Mi pareja es demasiado exigente conmigo. La exigencia y la rigidez restringen la autonomía y la capacidad de afecto. Esta situación coloca a uno de los dos, o a ambos en una actitud de supervisión activa permanente. Es frecuente ver a estas parejas involucradas en un esquema de defensa y ataque, aunque la exigencia suele disfrazarse de interés, en realidad aparece como control y descalificación.   

Mi pareja no entiende mis necesidades, ni me apoya.  

El tema de las necesidades se ubica en una delicada balanza donde uno de los dos puede pensar en que entrega lo máximo de sí y recibe lo mínimo que anhela. Las demostraciones de afecto, ternura, interés desaparecen para ser reemplazadas por demandas. En el centro de este escenario se sitúa la capacidad de acoger y ser acogido.  

El/ ella no me dedica suficiente tiempo.  Hijos, deportes, trabajo, amigos o amigas. Agotamiento.  

Estoy aburrido de mi relación.  

El aburrimiento o la “lata” sucede cuando la emoción desaparece en las relaciones; esta sensación se produce ante la percepción de que todo se repite de modo más o menos uniforme, y que alguno de los dos se hartó de proponer cambios.

Te quiero pero no te amo es una declaración síntesis de esta posición. Algunas expresiones, aunque sean hirientes o descalificadoras, pueden ser olvidadas o perdonadas, porque se entiende que han sido pronunciadas en forma irreflexiva, sin embargo otras expresan un estado de cosas largamente reprimido. Son, en un cierto sentido, lapidarias. -Te quiero, pero no te amo-. Es una de esas expresiones límites en la vida afectiva de una pareja, porque quiere sintetizar el estado del vínculo.

Cuando uno dice esta frase,  está  poniendo en tela de juicio el sentido y la continuidad de la relación, es en el territorio de la intimidad donde se muestra el conflicto, porque los años los han transformado en muy buenos amigos, pero a cambio han perdido la calidad pasional en su vínculo.

Esto no se refiere en exclusiva a la vida sexual, sino a todas las acciones que muestran entusiasmo amoroso, son -en un cierto sentido- demasiado previsibles el uno para el otro, han perdido la capacidad de sorpresa.  Este proceso de entumecimiento emocional lleva a que cualquiera de los dos, y en ocasiones ambos simultáneamente, comiencen a percibir una fuerte sensación de carencia, que se expresa en distintos aspectos de la vida cotidiana.

Uno de los más notorios se produce en torno a las relaciones sexuales, que se hacen esporádicas y rutinarias, con dificultades crecientes en la concentración, es como si de pronto los pensamientos se fugaran de la escena, y solo quedaran dos cuerpos en movimiento.  

Las parejas que advierten lo peligroso de esta situación buscan decir o hacer cosas diferentes que los devuelvan a emociones que conocieron en el pasado, otros simplemente se deslizan hacia un conformismo con ese estado de cosas, con el riesgo de que aparezca en el horizonte individual otra persona que active el volcán dormido. 

La pregunta más difícil de responder que formulan estas parejas cuando llegan a terapia, es: ¿Se puede recuperar el amor? ¿Podremos reencantarnos? Nadie puede responder esa pregunta, porque no se trata de un simple reordenamiento de acciones, es mucho más complejo y profundo, ya que apunta a desnudar ocultas expectativas, deseos frustrados, afrontando uno de los desafíos más serios que se presentan en la historia de un vínculo, como lo es revitalizar una relación que ha modificado su calidad original, volcándose del amor al cariño.

Para que esta transición no sea una pérdida se tiene que poder mantener o recuperar los lazos pasionales. Reencender la llama, reencantarse, renovar la seducción.

Uno ha escuchado tantas veces estas expresiones que tiende a creerlas solo parcialmente. Son como declaraciones de intenciones, positivas en el fondo, pero difíciles de lograr, porque los miembros de esa pareja tienen poca credibilidad en sus propias capacidades y tienden a frustrarse rápidamente si las cosas no resultan. 

Yo me declaro un poco escéptico en cuanto a la posibilidad real de eso que se llama reencantamiento, porque implica generalmente la idea de hacer resurgir las emociones desde un pasado en el cual la atracción entre ambos fue intensa. Eso puede ser absolutamente cierto, pero pertenece a otro tiempo y a personas que han cambiado. No son las mismas que vivieron aquellas experiencias, ni pueden serlo.  No se puede retornar el pasado, se lo puede recordar y tomar de allí los elementos que fueron positivos. De algún modo la propuesta consiste en recrear las condiciones que facilitaron el encuentro y la conexión, renovar la relación, con la clara conciencia de que lo que se busca no es la pasión arrebatadora, sino una conexión íntima renovada y original.    

 
< Anterior   Siguiente >