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Cuarenta y veinte |
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En la última década estamos presenciando que cada vez se hace más común alternar con parejas con amplias diferencias de edad entre ambos. El fenómeno es original, porque no comporta un retorno hacia formas tradicionales, sino que se produce entre personas dispuestas a asumir con tolerancia los riesgos de la desemejanza, que no se relaciona solamente con el número de años, sino con la experiencia de vida, los gustos, las expectativas.
CUARENTA Y VEINTELa diferencias de edad entre las parejas nunca han sorprendido a nadie. Especialmente cuando la diferencia se coloca hacia el lado del varón. Durante siglos, la norma fue que un hombre maduro y consolidado elegía como consorte a una mujer joven, saludable, trabajadora, preferentemente bella y obviamente virgen.Sólo cuando el ideal de amor romántico se extiende desde la cultura europea hacia otras latitudes, comienza a gestarse una norma inversa a la anterior, particularmente en Occidente.Desde allí es que las parejas comenzaron a buscar, al imperio de la libertad de elección y el acceso a la educación y al trabajo, uniones más similares, incluyendo en esta determinación la equiparación de la edad de ambos. Lo que antes aparecía como una constante se transformó en la excepción, por lo menos cuando la brecha etárea era de 15 o 20 años de diferencia.Sin embargo, en la última década estamos presenciando que cada vez se hace más común alternar con parejas con amplias diferencias de edad entre ambos. El fenómeno es original, porque no comporta un retorno hacia formas tradicionales, sino que se produce entre personas dispuestas a asumir con tolerancia los riesgos de la desemejanza, que no se relaciona solamente con el número de años, sino con la experiencia de vida, los gustos, las expectativas.Sobre este tema y no por casualidad, me fue dado participar de una conversación que quiero sintetizar aquí: El evento sucedió durante un almuerzo planificado a mediados de semana, pretexto para juntar amigos, que por supuesto y de acuerdo a la mejor regla de convivencia, se prologa de abundante pisco sour, que siempre afloja la lengua y las ideas reprimidas.Promediando la comida, el grupo se encuentra sumergido en una alcohólica reflexión sobre el valor de la pareja, y de las dificultades de la búsqueda cuando uno no ha tenido el éxito esperado. Sus edades, dato imprescindible para entender el peso del debate, fluctúan entre los 48 y 55 años, algunos están formalmente separados de uno o varios intentos conyugales y, hoy son libres de elegir estar solos o buscar compañía.Ninguno cree que la primera opción sea la válida, porque no se ven a sí mismos como solitarios. Sin embargo, el tema de la elección no es tan sencillo, porque no hablan de compañías sexuales, que nunca faltan, sino de una nueva pareja. Dejándose volar por la fantasía, comienzan un ejercicio imaginario del perfil de las candidatas, y la primera regla dorada se establece en la edad. "Nada de viejas a esta altura", demanda uno de los comensales.Los casados no se abstienen de opinar, porque en definitiva comparten las visiones de un mundo masculino. Vieja sería para ellos cualquier mujer de su propia edad, las deseables y potables rondarían los 35, y ojalá menos, guardando con cierta vergüenza su deseo de que fuesen mucho más jóvenes. Todo esto, dicho en voz alta, sin temores de caer en posiciones políticamente incorrectas. Lo sienten como natural, no como un deseo perverso. No se preguntan con recelo de sí mismos: ¿Por qué una mujer más joven? Tal vez porque no existe una respuesta concreta, sino un conjunto de deseos que se expresan en esa elección. La primera de las hipótesis explicativas que surge, está dada a partir de un cierto efecto de rejuvenecimiento que produce el contacto íntimo con una mujer más joven. Desde el rey Salomón en adelante - quién se rodeaba de bellas jóvenes en su vejez, bajo la idea de que el contacto con ellas lo nutría de energía- el inconsciente colectivo se ha nutrido de esa fantasía. El propio envejecimiento se detiene mágicamente cuando se es objeto de deseo de un rostro y un cuerpo admirado. Una nueva energía vital surge de ese amor, que actúa como una fuente mítica de inmortalidad. Ese es el tema del Dr. Fausto, dispuesto a vender su alma al diablo para ser inmortal y deseado. En los hombres que han transpuesto la quinta década, los fantasmas permanentes que acosan a la sexualidad masculina se revelan con mayor intensidad. Miedo a ser menos viriles, menos potentes, menos seguros a la hora de satisfacer sexualmente a su compañera, aun cuando una cierta sabiduría erótica puede haber reemplazado las hazañas gimnásticas de épocas anteriores, siguen idealizando un pasado intenso. Para ellos, un cuerpo joven excitado por ese propio cuerpo maduro es un afrodisíaco más potente que cualquier Viagra. La intensidad sexual los devuelve a la propia juventud, y así se sienten llenos de energías insospechadas. Caminan más, corren, pueblan los gimnasios, vuelven a bailar, en una coherente búsqueda por eliminar cualquier posible flaccidez, y hasta se animan a pensar que una pequeña cirugía plástica no les vendría nada mal. Ahora no sólo hay que sentirse joven interiormente, sino además parecerlo exteriormente. En cierta edad no hay mayor elogio que el que dice: "¿¡Cuántos años tienes!? Pero, por Dios, no se te notan".No se piense que estoy construyendo un perfil de los patéticos viejos-jóvenes, disfrazados de adolescentes. Los hombres de los que hablo son los maduros personajes que habitan oficinas, consultas, comercios. Pero no es sólo lo sexual el foco de atracción: ser elegido por alguien deseable a la mirada de los otros, tocado cariñosamente, declara ante los demás la propia vigencia. El orgullo por ser quienes somos. Construyamos un ejemplo: hace unos días reapareció por mi consulta una paciente que hace tiempo no veía. Sus emociones transitaban por una mezcla de desorientación e indignación. Lo único que quería era hablar y compartir, o tal vez encontrar solidaridad. Lo concreto es que su padre y su mejor amiga, de 35 años aproximadamente, están profundamente enamorados y con claro proyecto de matrimonio. El tiene cerca de 65 años, pero eso no parece un obstáculo para su relación, sino, por el contrario, lo estimula y lo llena de incentivos. Para mi paciente la relación es inexplicable, la sanciona y la condena, no cree que perdure porque lo primero que se le ocurre es que cuando pasen algunos años él será un viejo y ella casi su cuidadora. Dejando de lado la obvia escena de celos, se puede entender su reacción como comprensible de acuerdo a los marcos culturales que regulan las relaciones amorosas, las que se miran con recelo cuando las diferencias son tan notorias. A él todo el mundo le dice que está loco, que ella no le conviene, que lo quiere usar. Sin embargo, ella no es ninguna desamparada, puede elegir otros hombres, lo cual reinstala el misterio del porqué la elección femenina de un hombre mayor. El deseo de un futuro para ambos coloca entre paréntesis el tema de la edad. No se piensa en los años venideros sino en el presente de la pasión. Y quién podría jugar a vidente juzgando su destino.Es cierto que por allí se dice que las barreras estimulan el deseo amoroso, y que lo más difícil de lograr es doblemente preciado cuando se consigue, esto explica el afán pero poco aclara sobre los conflictos.Las parejas disparejas asumen desafíos que mayormente se relacionan con diferencias generacionales en torno a gustos, actividades, diversiones, grupos de pertenencia, etapas de la vida en que cada uno esta y el modo en que se proyectan sus expectativas. Hasta aquí he hablado sobre los varones, pero que es lo que sucede cuando la diferencia de edad se coloca sobre los hombros de la mujer. En este caso la sociedad opera en forma menos receptiva. Los amigos, familiares y compañeros de estudios o de trabajo contemplan escépticamente el posible resultado feliz del desafío.Tienden a pensar maliciosamente en los posibles beneficios, materiales o sexuales, que se obtienen del encuentro. Beneficios que pueden ser entendidos de distintos modos, porque se supone que la mujer, en este caso, tendría mayores recursos económicos y una capacidad de protección sobre un varón dependiente. Una especie de elección maternal. Los prejuicios son múltiples, y se abren en un abanico que tiene como denominador común la condena a priori de que la razón central de la relación sea simplemente el amor y la pasión. La cultura en que vivimos considera el deseo de un varón por un cuerpo más joven como razonable y comprensible, pero entra en conflicto cuando el proceso es inverso. Tratemos de entender esto cuando involucra a personas corrientes, no cuando se refiere a aquellas mujeres que se mantienen invulnerables al paso del tiempo, ayudadas sin duda por los múltiples recursos que la cirugía plástica ha construido para impedir los efectos de la edad. Modelos y actrices son un ejemplo de estas eternas divas seductoras que se resisten a ser estereotipadas de acuerdo a un canon temporal. Ellas son casi eternas, como Sofía Loren y Susana Giménez, cuya atracción deviene de factores específicos, como la misma fama, la figuración, el contagio de imagen. Ellas son exitosas, símbolos eróticos y de poder, unidas a jóvenes menos exitosos, bellos, viriles, sobre los que operan como una propiedad ganada merecidamente.Se me viene a la memoria la pasión de Violeta Parra en sus últimos años de vida por su pareja a la que doblaba en edad.Las mujeres corrientes que eligen parejas de menor edad que ellas tienen algunas características que vale la pena destacar:* Son económicamente independientes... y vienen de relaciones conflictivas con varones mayores.* Eligen a varones que por su juventud tienen menos problemas en expresar sus sentimientos. * Les agrada que aparentemente se revelen como más fieles, y que si no lo son, lo digan con seguridad.* Creen que ellos compiten menos.* Afirman que tienen menos rollos (en la cabeza... y en la guata).* Dicen que comparten más y son más transparentes.* Tienen más y mejor sexo, pero no sólo como atletas del orgasmo y el rendimiento, sino que tienen una apertura mayor para jugar y experimentar.Esta tendencia social de mujeres que eligen sin falsos pudores a hombres más jóvenes va en paralelo con la imagen de una nueva mujer que permanece más tiempo en el mercado laboral y erótico.Tres comentarios elegidos al azar de mujeres que han vivido esa experiencia:"Los jóvenes son menos enrollados, yo me sentía más deseada y más vital, la relación es más franca, menos posesiva”. "Yo manejaba toda la relación, pero me encontraba sola con mis problemas... el sólo escucha, no tiene historia suficiente. Con un tipo de tu edad es un juego entre iguales". "Yo le recordaba mi edad, siempre; el no me pescaba, pero yo no se lo creía, recuerdo que yo estaba más pendiente que nunca de las blanduras".El encuentro entre ambos puede tener todos los conflictos y problemas que los que tiene cualquier pareja, y su destino es tan incierto como lo es el curso del amor. Pero nada hay en la diferencia de edad que los condene, esto no es más que un prejuicio flagrante, que se ejecuta más eficazmente sobre ambos cuando es la mujer la mayor. No es el cuerpo, y su proceso de envejecimiento el eje central de la incomprensión colectiva, sino más bien el destino social asignado a la mujer. Las que no lo aceptan son precursoras de una idea de relación que se sitúa por encima de los límites impuestos de lo correcto y lo debido, cuestionan con su actitud la idea artificial de que el amor sólo es posible cuando cumple con los requisitos formales asignados por la sociedad tradicional a varones y mujeres también tradicionales. |
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